18 septiembre 2005

El Regreso

Son ciertas las memorias y la soledad.      
La vida es cierta y el olor a lluvia.      
Todos estos días son ciertos.      
Es cierto el pez (como no lo dije antes)      
y el deseo de cambiar las cosas.      
Entrar en los cafés es cierto      
y salir al mundo.      
Agarrarse de él un solo instante.

Miguel Barnet, Todos estos días.      


Ellos tienen dos televisores, uno grande y uno chico.
Viven en un barrio alejado del centro de la ciudad de Buenos Aires,
llegar hasta allí, demanda un viaje de por lo menos una hora.
Esa siempre fue una de sus mejores excusas.

Un sábado en el que el aire que nos rodea
tiene ese perfume característico a
"fines de invierno-principio de primavera en Buenos Aires",
se decidió y fue a hacerles una visita.
No porque sintiera la necesidad de hacer que
ellos experimentaran felicidad por una tarde al menos,
no, él no estaba para un acto de semejante conmiseración.
Iba a ir por él mismo, por una necesidad egoísta.

La llegada de la primavera en Buenos Aires
es una fiesta de flores, aromas y mujeres,
todo el que haya vivido en ésta ciudad lo sabe,
es un perfume inconfundible, un olor a nuevo,
como cuando en primer grado abrís
tu primer Rivadavia tapa dura.
Si, de esos que venían forrados con papel
araña azul o verde. Esos en los que las hojas tenían
aromas vírgenes y diferentes cada una.

Hace más de tres años que no los ve,
tres años en los cuales muchas veces se lo cuestionó.
Tres años que le costaron una vida. Tres años donde
el reloj contaba al revés, y su inconciente le jugaba bromas
repentinas y pesadas, como la de mezclar imágenes de su
mejor niñez en medio de las planillas de su trabajo.
O la de sorprenderse confundiendo el nombre
de su novia con el de ella. ¡Vaya broma!

Claro que jamás pudo olvidar. El guiso de lentejas de
la mejor fonda que frecuenta no se compara con
el preparado por las manos de esa mujer vieja,
que una vez lo sustuvo en brazos.

Dicen que los recuerdos se forman agrupando imágenes.
El cerebro cumple la función de armar el rompecabezas
y catalogar para armar el recuerdo.
Así, si se juntan un guiso de lentejas exquisito,
las canciones de Alberto Cortez y una mujer
rezando el rosario por la tarde al lado de una estufa,
indudablemente su cerebro formará la imágen de su madre.

Llegó finalmente a la puerta de calle, el portón está
bastante más oxidado de la última vez que lo vió, pero
han pintado el frente de la casa, de un rosado bastante feo,
muy parecido a la casa de gobierno, recordó entonces que su padre
coleccionaba latas de pintura que no se usaban en su trabajo,
y las almacenaba en el sótano de su casa.
Finalmente había usado una.
Se decidió y tocó el timbre, del otro lado del portón con vidrios
gruesos se ve una silueta que dice en voz alta:
-¿Quién es?

Al abrir la puerta está su padre del otro lado,
parece como que el tiempo lo hubiera achicado,
se lo ve como con cinco centímetros menos de altura,
su cara es un mapa, y se arruga aún más en su intento hospitalario.

El hombre lo mira, intentando buscar alguna pista, lo recorre
detalladamente, mira sus manos, su ropa
y finalmente sus ojos, es en ese momento que
su gesto cambia por una sonrisa.
Lo abraza toscamente y lo invita a pasar.
Inmediatamente y en voz alta llama a su mujer, se lo ve excitado
ante la presencia de su único hijo,
al cual no recuerda cuándo fue la última vez que vió.

La casa, huele igual que siempre,
los potus cuelgan de la pared del garage,
el auto viejo y picado sigue en la misma posición,
los cantidad de portaretratos sobre la repisa del living
ha crecido significativamente. Dicen que a medida
que envejecés y se agranda tu edad, de la misma manera crece
la cantidad de fotos que ponés encima de tus muebles.
Tal vez para, de alguna manera, paliar la dificultad de movilidad
que te impide ver a tus seres queridos con más frecuencia.
Los tenés presentes con solo un movimiento de cabeza.

Ella está irreconocible, mucho más fragil,
sus manos tiemblan un poco, y no por los nervios.
No hay modo de combinar la ropa que tiene puesta,
su pelo ha perdido el brillo de otras épocas, y sus ojos
denotan cansancio y aburrimiento.
Es un cuerpo en espera, una pila de historias,
un rayo perdido en el campo, el rocío en primavera.
Lo mira a los ojos fijos, sabe que es su hijo, entonces dice:
-¡Qué flaco estás! ¿Estuviste comiendo mal?

Él se fue esa tarde antes de que caiga el sol,
secando lágrimas de sus ojos. No se si por ver tan frágiles
a quienes una vez fueron símbolo de fortaleza,
o porque entendió que eso lo espera treinta años después.

Antes de irse la abrazó muy fuerte y le dijo que la amaba,
ella le dio un abrazo tibio y le dijo que también,
pero aún así, no pudo recordar su nombre.






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